18 oct. 2015

El este de la ciudad en el olvido y la marginación



La Voz del Interior (18/10/2015)
Degradación urbana: el lejano este

Contaminación ambiental y degradación urbana componen un cuadro alarmante en el sector de la ciudad de Córdoba más afectado por la inseguridad y el narcotráfico. Cómo es la vida de más de 50 mil cordobeses que, además, soportan el olvido y la marginación.
Semanas atrás, 15 cuadras de nueva costanera en el noroeste de la ciudad de Córdoba se promocionaron como la gran obra pública de la gestión de Ramón Mestre hijo. En el mismo período, esa avenida que lleva el nombre de Ramón Mestre padre perdió varios kilómetros al este de la Capital: son más de 25 las cuadras que ya no se pueden usar.
La basura y el delito cerraron el tránsito, primero. La Policía lo prohibió, después. La ciudad tiene ahora una vía menos para entrar a su lejano este, una inmensa porción de territorio que se extiende al sur de la ruta 19, desde Circunvalación hasta el límite con los barrios Alto General Paz, San Vicente y Yapeyú.
En ese sector, confluyen una zona roja de inseguridad con el narcotráfico como fenómeno absolutamente naturalizado, degradación ambiental extrema, falta de servicios esenciales y un abandono de décadas por parte del Estado.
En el lejano este, transcurre la vida de unas 50 mil personas. Rodeando el cementerio San Vicente, se distribuyen los barrios Maldonado, Müller, Renacimiento, Villa Inés, El Trébol, Bajada de Piedra, Altamira, Acosta, Miralta y Colonia Lola. Según el censo de 2010, en esos barrios hay cerca de 10 mil unidades habitacionales.
Además, hay otros asentamientos y barrios consolidados que no tienen registro catastral; es decir que, para el municipio, no existen: Campo de la Ribera –que tiene un sector de villa y un barrio con más de 200 viviendas sociales– y las villas ahora transformadas en barrios Bajo Pueyrredón y Barranca Yaco, además de las históricas Bajada San José y Villa Inés. Todas esas áreas suman miles de personas más al extremo este.

Espacio aislado
El tránsito por Costanera disminuye luego de pasar el Centro Cívico. Después del vado Sargento Cabral, la circulación ya es bajísima. La basura comienza a ganar protagonismo y el olor de los líquidos cloacales invade el ambiente.
El puente de calle Monteagudo es el final del recorrido: el abandono se tragó todo el tramo de Costanera que falta hasta Circunvalación. Fue cerrado hace casi un mes por la Policía, en tácito reconocimiento de que ya nada podía hacer ante los asaltos y ataques a los pocos que se animaban a circular entre montañas de basura, oscuridad absoluta, malezas de dos metros, aguas cloacales y más basura.
Esta zona urbana es la evidencia de que cada día las empresas Lusa y Cotreco dejan toneladas de basura sin recoger en las calles. En amplios sectores del lejano este no hay recolección domiciliaria.
Además, empresas, carreros, particulares y hasta servicios de patógenos tiran basura en las adyacencias de la Costanera, en las lagunas de la zona y en los inmensos descampados de Campo de la Ribera. Son toneladas cada día, en un ciclo interminable que transformó al sector en un descomunal basural.
También están los escombros. Casi todos los restos de obra de la ciudad van hacia el este. Una parte, a las escombreras habilitadas. Otra parte rellena las hediondas lagunas que dejaron hace décadas las canteras. Otra gran porción termina en calles y veredas, arrojada por carreros.
Por todos lados hay escombros, y en muchos sectores la escena parece de posguerra: como si hubiesen demolido enormes edificios. Lo real es que los escombros vienen de otros barrios, ya que desde hace mucho tiempo no hay renovación urbanística en el este.

Maldonado, extremo
El caño tira toda la inmundicia, la que corre por el centro de la tierra que da algo de forma a la calle Alberti y termina en una bajada hoy superpoblada de yuyos, piedras, alimañas, perros muertos y más mugre, en lo que debería ser la esquina con Río Primero.
Alrededor, un nutrido grupo de niños corretea, pisando la suciedad. Sus madres miran resignadas. Otros hombres, a poco más de media cuadra, observan con preocupación. Pero en otro sentido: una cocina de cocaína disimula sus olores ácidos tras los hedores de la podredumbre callejera.
¿Qué sucedió primero: la cocina se instaló para aprovecharse del olor nauseabundo o la marginación empujó a quienes habitan en ese sector hacia el narco? Hace años que todo este sector, conocido como “La Quinta”, por la seccional policial que antes supo ser una referencia, es señalado como una zona roja, por el narcotráfico y la delincuencia.
El barrio tiene reconocidos traficantes. La casa de dos plantas de René Alejandro “Chancho” Sosa, condenado por narcotráfico, se destaca en el corazón de barrio Maldonado y cerca vive la familia de “los Colela”, culpables de matar a Facundo Rivera Alegre (“el Rubio del Pasaje”). También eran vecinos del barrio otros “cocineros” y traficantes que hoy están siendo juzgados en la Justicia federal.
Cerca de allí, en Villa Inés, está el fuerte de los Jatib, familia acusada por la Justicia federal de ser la promotora de los narcosecuestros en esa parte de la ciudad.
Hay cuadras enteras dedicadas a la venta de estupefacientes, y se estima que existen más de 20 cocinas de droga desparramadas.
También hay muertos, de todas las edades: en 2013, Morena, de sólo 4 años, murió de un balazo en la cabeza cuando un joven fue a atacar a tiros la casa del padre de la pequeña, en barrio Müller. La lista es mucho más extensa.
Nadie niega esta realidad ligada al narcotráfico en el lejano este. Pero los entrevistados no tienen intenciones de hablar de cocaína, porros, armas y organizaciones criminales. Ese fenómeno parece asimilado y ellos aseguran que la contaminación, la basura, los líquidos cloacales y las pestes asociadas –parásitos, roedores, alacranes, mosquitos y moscas durante todo el año– producen un daño más generalizado que la droga.
El abandono, también: hace un mes, en la plaza de Campo de la Ribera, Tomás Ferraro, un nene de 9 años, murió cuando se le cayó encima un poste de la cancha de fútbol.

Relatos calcados
“Cuando llueve, toda esta agua sucia se nos mete en la casa, con perros muertos, pañales y toda la porquería”, cuenta Roxana Romero, casi con la naturalidad de los resignados. Su madre, María Romero, fue una de las primeras en habitar este sector de Maldonado conocido como “La Barranquita”. Recuerda que, hace 50 años, allí se rellenó una laguna que luego se transformó en un vecindario.
Sin embargo, nunca nadie se ocupó del desagüe que llega de calles arriba: un vertedero constante de líquidos cloacales y mugre. Con palabras idénticas se expresan vecinas de Villa Inés, que tienen marcas de hasta 70 centímetros de aguas servidas en sus casas.
Todos recuerdan que desde la intendencia de Ramón Mestre padre, cada cuatro años desfilan políticos con soluciones para todos los males. Esta vez, el que mejor supo llegar a los vecinos fue Tomás Méndez: en todo el extremo este hizo la diferencia de votos que le permitió secundar a Mestre en la elección del 13 de septiembre. Las quejas de los vecinos contra la actual gestión municipal son unánimes: abandono, marginación y desatención.
Méndez basó sus propuestas en luchar contra el narcotráfico, aunque sin mayores precisiones y sin aclarar que desde el municipio no iba a tener demasiadas herramientas.
Los mismos barrios infectados por la cocina y venta de drogas le dieron un empujón hacia adelante. Aunque, al hablar, ninguno de los votantes consultados piensa que Méndez les tirará algún salvavidas.
Más allá de las especulaciones, la realidad es urgente. Los propios vecinos, para intentar que los chicos no caigan en algún pozo, cortan los yuyos de la calle y tapan con escombros los huecos cada vez más profundos.
“No existe el barrio Maldonado para la Municipalidad; no nos queda otra”, interviene Lucía Argüello, otra vecina de hace tiempo. Y describe: “Acá los chicos no pueden salir a la calle con la seguridad de que no se vayan a caer en un pozo. O que se desate una pelea y empiecen a los tiros. No existe ningún lugar tranquilo para ellos”.
Los problemas que afrontan los chicos forman parte del relato común a todos los barrios.
Los avala Roxana Pifaretti, directora del jardín de infantes Canónigo Piñero, de Campo de la Ribera, y miembro de la Red Social de La Quinta: “Son constantes las enfermedades cutáneas, los chicos tienen erupciones y marcas en la piel, se les cae el pelo... Y son muchas las enfermedades respiratorias. En el mismo edificio escolar, pese a las desinfecciones, hay roedores”, asegura la docente. Frente al edificio, construido recientemente por la Provincia, hay montañas de basura y líquidos cloacales que buscan el río.
Cuando el sol comienza a caer, la oscuridad allí es inmensa. Patrulleros y ambulancias casi no ingresan. Mucho menos los taxis y remises. El colectivo termina frente al Cementerio, donde está el puesto de la “Policía de Pacificación”.
Los vecinos aseguran que, con recurrencia, la negativa municipal a mejorar los servicios se fundamenta en la inseguridad. Que la respuesta oficial se reduce a echarle la culpa al narco, al que se acusa de generar las condiciones para que nadie ingrese en la zona. Demasiado simple para una realidad compleja. Y desolador para los miles que viven en esas condiciones.
En el otro extremo del cementerio San Vicente, a unos cinco minutos de “La Barranquita”, está Bajada San José, otro barrio cuyos vecinos se las rebuscan para sobrevivir.
María Criado resume el día a día: “No hay luces desde la tormenta de febrero. Cuando oscurece, nos encerramos temprano y si tenemos que salir por alguna urgencia, lo hacemos en grupo”. Tiros a cualquier hora, una inseguridad que acecha, una calle de tierra que se inunda y las promesas de cloacas que jamás llegan son sólo un muestrario rápido de una zona más que postergada. Abandonada a su propia mala suerte.
En Renacimiento, siempre en la misma zona, otro grupo de mujeres y hombres espera para contar lo que padecen a diario. Allí, un desagüe a cielo abierto parte el barrio en dos. Los ratones muertos son apenas una muestra de un foco infeccioso que hace tiempo contamina todo.
“Hace 18 años que llega toda esta cloaca abierta de los barrios de más arriba”, señala Adriana Flores. Para cruzarlo, los vecinos improvisan puentes de madera.
Al igual que en los sectores anteriores, pocas luces, nada de asfalto, ventanas cerradas por olores y tiros, mucha inseguridad y chicos y grandes en riesgo permanente es lo se que se escuchará durante horas en el sector, en una catarsis desesperanzada.
Julio Carra vive al fondo del barrio. Donde termina el desagüe y antes de la Circunvalación. Una de las calles de tierra hace años que se convirtió en un río de porquerías. Allí vive con su esposa y su beba de nueve meses, Briana, que sufre de laringomalacia (inmadurez de la laringe). El hombre asegura que las emanaciones constantes que deben soportar contribuyen al deterioro de la salud de la pequeña. Jamás obtuvo una respuesta del CPC de Empalme.
De los recorridos de varias jornadas queda, además, la sensación de amenaza constante y de vidas en alerta permanente. La Policía está muy presente y en especial atenta a lo que venga de afuera.
A poco de circular por Maldonado, Müller o Campo de la Ribera, un móvil policial aparece indefectiblemente. La duda surge, inevitable: ¿protegen a los de afuera o controlan que nada altere lo que ocurre ahí adentro?

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